Mañana es feriado

Aunque los niños no vayan al colegio, mañana sigue siendo jueves. Es característica principal de la vida que sigue con las mismas necesidades no importa qué día inventado de descanso sea.

Tal vez por eso no comulgo con empezar a cambiar de hábitos un día específico de la semana o en una fecha especial, porque el tiempo igual pasa. Me gustan los momentos de medir progreso, mejor si son recurrentes. Pero no necesito que sea lunes para ir al gimnasio. Lo malo de eso es que tampoco me importa si es feriado y sigo con mi rutina.

Es bueno hacer pausas. Poner marcadores en el camino que nos demuestren cuánto hemos avanzado. Y hacerle ganas a los jueves, aunque hayan garnachas a pocos kilómetros.

Las personas esenciales

Siempre digo que nadie es indispensable, sólo irreemplazable. La diferencia es que uno rara vez se muere si alguien no está, pero puede extrañarlo para siempre.

En la vida uno tiene el papel principal y los demás son secundarios. No hay otra posibilidad, porque uno vive la vida que uno tiene. La otra gente entra al ámbito de uno, se queda poco o bastante y luego se va. En su mayoría, sin cambiar nada. Pero están aquellos que nos mueven hasta la alfombra donde estamos parados y sin cuya intervención no seríamos iguales. Esos son los indispensables.

Así que, gracias a todas las personas que me han dejada tatuada su presencia en mi corazón. Para bien o para mal, soy quien soy también por esas relaciones. No me muero si no están, pero los extraño a algunos.

Pequeños olvidos

Me recuerdo del olor de mi mamá y de sus expresiones y de la sensación de ir en el picopito de mi papá y de la primera vez que salté a caballo y de un montón (montón), de letras de canciones. No recuerdo el nombre del 90% de personas que me presentan. Ni la sección en que están mis hijos en el colegio. Nunca hago lista de súper y rara vez olvido algo.

La memoria humana es selectiva y no como uno cree. No es necesariamente que le dé uno más importante a cierta información, sino que ésta viene o con mayor carga emocional o con ayuda de más sentidos. Por eso es fácil recordar letras de canciones y el primer número de teléfono de la casa de nuestros papás. Claro que hay formas de ejercitar la memoria, porque el cerebro es plástico. Simplemente hay que hacerle una impresión lo suficientemente profunda.

Ahora cuando me presentan a alguien, repito su nombre y lo miro a los ojos. Dicen que eso ayuda a no olvidarse. No me funciona, pero al menos hago el intento.

Para qué sirven los domingos

Durante la semana me despierto temprano y tengo actividades y obligaciones y ocupaciones. Me gusta, no me quejo. Tal vez sí me quejo un poco de lavar ropa, luego recuerdo que es en lavadora y se me pasa un poco. Pero no importa qué tanto me guste mi rutina, la pausa de los domingos es bienvenida.

Tendemos a poner fines y principios artificiales en nuestras vidas. Una forma de llevar la cuenta del tiempo y de lo que vamos logrando. Hacer siempre lo mismo, aunque sea lo que más nos guste, le quita el filo de lo relevante. Todo lo que se usa sin descanso se gasta. Es bueno parar un momento. Apreciar lo de siempre.

Para eso sirven los domingos. Para reiniciar el ciclo que nos lleva de un extremo al otro. Hasta el olor del perfume se renueva al dejar de usarlo. Y es rico no correr un día.

La curiosidad

Generalmente, lo desconocido es interesante. Hay cosas por descubrir. Otra cosa es lograr mantenerme lo suficientemente abierta a querer conocer cosas y personas nuevas. Llega el punto en que la vejez se traduce en falta de curiosidad. Básicamente uno prefiere lo que ya conoce.

Pero también está el fenómeno de aburrirnos rápido con lo que tenemos y querer buscar cosas novedosas. Dejamos atrás a personas porque creemos que ya lo sabemos todo de ellas cuando el principio básico de la existencia es que todo cambia todo el tiempo. Tener la capacidad de encontrar lo diferente en lo familiar es, tal vez, la virtud más grande de una curiosidad verdadera. Porque requiere mucha más atención.

A mí me gusta lo nuevo. Por eso escucho música que no conozco o pruebo comida que no tenía ni idea que existía. Y hago un esfuerzo por re-conocer a los míos porque sé que siempre hay algo más que aprenderles y que Dios está en los detalles.

Interrupciones

Antes, cuando nadaba casi todos los días, tenía tiempo sin interrumpir para pensar. Allí se me ocurrían los cuentos, o las pequeñas novelas que luego escribí. Luego vino la pandemia y perdí toda esa costumbre y espacio sin distraerme.

Hay ocupaciones que necesitan concentración y tiempo. Cada uno tiene la suya. Y es importante poder encontrar el cómo. Distraerse es muy fácil. La mente es como un mono curioso que salta de rama en rama. Hay que calmarlo. Hacerlo que se concentre.

Cuando retome la escritura, será en períodos más cortos, pero más frecuentes. Como ahorita.

Mañas

No me gustan las pajillas. Siento que no me quito la sed así. No sé, mañas que va agarrando uno con la edad. Son las pequeñas cosas que se adquieren con el tiempo y que forman parte de nuestra personalidad. Casi como las bacterias que se vuelven parte de nuestro cuerpo hasta acumularse.

La totalidad de los bichos que uno carga son tantos, que cuando uno se muere casi constituyen más de nuestra masa que nuestras propias células. No es malo. Algunas cumplen funciones esenciales. Pero cuando hay un desbalance, todo se va al caño, muchas veces literalmente. Hay que nutrir a las buenas bacterias y controlar las malas.

Igual con las mañas. Hay cosas que uno hace que no son necesariamente parte de uno, sino que uno las va alimentando con la repetición. Algunas son buenas. Otras no. Y sólo hay que saber identificarlas. Y no tomar líquidos con pajilla.

Lo no previsto

Hacer una receta implica estar seguro del resultado, o al menos tener una expectativa razonable del mismo. Si a uno le gusta un pastel, lo vuelve a hacer una y otra vez para que salga igual porque a uno le gusta así. Eso tiene su encanto: la felicidad de lo conocido. Pero… si uno es completamente rígido y jamás se sale de las recetas, ni se entera que hay una gama infinita de posibilidades que pueden gustarle a uno también.

Es muy común ahora que la gente lleve una agenda detallada, o una pizarra de visión o haga visualizaciones con lo que quieren para el futuro. Hay una cierta satisfacción de poder imaginarse qué, cuándo y cómo quiere uno su futuro. Y está bien. Es un faro que nos da una luz hacia dónde enfocarnos. Pero el camino hacia él rara vez es como lo pensamos y más nos vale estar preparados para lo desconocido.

Hoy me voy a hacer el pie de melocotón que me hacía mi mamá. Pero no tengo su receta. Así que lo trataré de recordar, sabiendo perfectamente que no me va a quedar igual y dejando ir la expectativa. Porque igual me va a gustar.