Se comieron las galletas

Hago galletas los diciembres, aunque cada año un poco menos. La condición de Fátima me frena con la horneada intensa, no vale la pena tener tantas tentaciones en la casa. Entonces las que hago me parecen pocas, quiero que se las coman pero no que se acaben, claro, porque no soy nada si no soy inconsistente.

Con las cosas materiales tiene un relaciones complicadas: las quiere usar sin que se arruinen, pasen de moda, se rompan. Eso no existe. Todo se deteriora, hasta uno mismo. Y tener algo que a uno le guste, para no usarlo porque se puede averiar, es ridículo. Para eso mejor no tener nada bonito. Pero es lo que es, hasta que uno está dispuesto a ver el momento en el que está viviendo y no lo que puede venir después. O aceptar que todo se va ir por el caño eventualmente y aprovecharlo mientras no estamos allí aún.

Hay que ponerse la ropa que a uno le gusta. Escuchar la canción hasta quemarla. Usar los aparatos eléctricos, el jabón que huele rico, el maquillaje especial. Y comerse las galletas. Porque se pasan y tirarlas sí es tragedia.