¿Cuándo?

Mañana tengo clase temprano, voy a nadar, tengo que ir al banco. El fin de semana tenemos mañana deportiva. La semana pasada hice las sillas de los niños. Dentro de cuatro semanas es mi aniversario. El otro año toca preparar Primera Comunión. Ayer no fui amable con mi marido. El sábado tengo una cena…

No sé qué estoy haciendo hoy. Ahora. Pienso más en lo que hice y voy a hacer, que en lo que estoy haciendo.

Cuando uno medita, lo primero que toca hacer es concentrarse en el momento. Los pensamientos que interrumpen se contemplan y se dejan ir. Es como poner al hámster que da vueltas en el cerebro, a hacer una siesta. Cada vez que quiero hacer una siesta, se me llena la mente de preocupaciones. ¡Bienvenida la neurosis!

Como humanos, pareciera que estamos programados a ignorar lo que nos rodea, por pensar en lo que se nos viene. Y no está del todo mal. De alguna manera, la madurez emocional también está ligada a proyectarse hacia el futuro, a poder tener recompensas diferidas. Pero, mientras estamos traumados por nuestro pasado y preocupados por nuestro futuro, no vemos lo que tenemos en el momento.

Ahorita estoy viendo la clase de karate de los niños. Me estoy divirtiendo. Estoy fijándome en el ahora. Y tengo pensado qué voy a escribir.

Felices para siempre-ish

Ya casi llevo lo mismo de casada que lo que nos tardó casarnos con Mario. Pasaron casi 12 años entre la primera vez que yo me acuerdo de haberlo visto y ese feliz 29 de abril del 2006. Y, menos mal, no todo ha sido como en los cuentos de hadas, en donde todo termina con un «se casaron y fueron felices para siempre». Meh.

Se habla de matrimonios para toda la vida con algún sarcasmo y se dice que funcionaban así cuando la gente vivía 40 años, lo más. Tal vez los cambios que todos tenemos no se sentían tanto en lo que le quedaba a la gente de juventud. Lo dudo. Siempre han habido rompimientos de relaciones, infidelidades, problemas y malos matrimonios, por mucho que duraran 15 segundos.

Esperar vivir siempre feliz, es querer no vivir. El dolor, la pena, los problemas, las luchas, las lágrimas, todo eso, son las notas contrastantes de un sabor complejo y rico. La comida que sólo tiene una nota es sosa, insípida.

Yo no quiero una vida plana. Me gustan los picos y los barrancos. Las montañas rusas son emocionantes, porque tienen bajadas y subidas. Hemos pasado muertes, enfermedades, penurias, peleas, cambios. Y por cada túnel oscuro que hemos atravesado, hemos logrado salir al otro lado a un mejor lugar. Así hacemos nuestro «para siempre», una década a la vez.

Lo eterno que cambia

Tengo un recuerdo tan vívido de la primera (y única) vez que me han asaltado. Puedo ver el parche del ojo del tipo (en serio, tenía un parche en un ojo), el lugar justo en el Trébol por donde iba, cómo quedó sucia mi blusa blanca por la mugre que llevaba el tipo en las manos, la sangre que me sacó cuando me dio manotazos para arrancarme los anteojos. Lo recuerdo todo perfectamente bien.

Uno piensa que las memorias de cosas pasadas se guardan en el cerebro como fotografías y que permanecen inmutables, guardadas detrás de un vidrio protector. Resulta que, si bien se compara nuestro cerebro a una computadora, no necesariamente reunimos archivos y los metemos en neuronas para no cambiarlos jamás. Todo allá adentro es plástico, crece, se mueve de lugar, se alimenta de lo que hacemos. Cada vez que «sacamos» un recuerdo de su caja, lo cambiamos, porque le agregamos las nuevas experiencias que ya poseemos. Es como volver a leer un libro años después. Digamos que tenemos un vocabulario más amplio para entender lo que nos estaba diciendo.

Psicológicamente hablando, esta maleabilidad permite regresar a momentos críticos de nuestras vidas y transformarlos en mejores experiencias. Podemos quitarnos la humillación de la vez que no nos escogieron para un equipo, el dolor del primer corazón roto, la rabia de una injusticia. Si logramos iluminar los rincones oscuros de nuestra vida anterior, podemos meterle una luz de esperanza que alimenta lo que hacemos de aquí en adelante.

El ladrón no pudo quitarme los anteojos, ni la pulsera, ni la cruz. Tan sólo se llevó una cadena. Yo recuerdo que me defendí, que le pegué en la nariz, que no me dejé. Y sacar ese recuerdo me hace sentir poderosa, capaz. Por lo menos esa es la historia que me cuento a mí misma y quién me dice que no es la real.

Entre dos temperaturas

Ir detrás de un carro choyudo es uno de mis venenos principales. De esa gente que va más despacio cuando miran el semáforo en rojo. Y es que, o uno va, o uno no va, pero eso de medio ir es desesperante. Si ustedes no han escuchado lo de «a los tibios los vomitaré», pues es una de mis citas favoritas de la Biblia.

La vida tiene infinitos matices. Rara vez hay cosas enteramente buenas o completamente malas. Si buscamos, encontramos excepciones para todas las reglas. Pero por algo las excepciones confirman lo que se hace generalmente.

Nadar por un océano tibio, a mí, me parece como estar sumergido en pipí. Desagradable. El café tiene que quemar, el fresco tiene que estar helado. Las decisiones tienen que ser firmes. Los valores tienen que ser inamovibles. Las leyes se aplican siempre.

El mundo tiene día y noche. Luz y oscuridad. Los cambios de clima drásticos templan el carácter.

Es cierto que hay pocos accidentes fatales conduciendo a 15kms por hora. Pero tampoco se llega a ningún lado. Así no es vida.