Melocotones

Regresando de Xela, había puestos de melocotones por mucho del camino. Como siempre, se me llenó la nariz y la boca del recuerdo. Mi cumpleaños sabía a pie de melocotón. Y yo lo detestaba. Mi mamá hacía pie para «gastarse» los melocotones y yo me quedaba siempre con ganas de comer más, no importaba si me había retorcido el estómago de tantos que ya había tragado.

Hay olores que inmediatamente nos transportan a lugares del pasado. El sentido del olfato en el cerebro está justo al lado del de los recuerdos. Por eso un aroma es la llave más segura para abrir nuestra memoria. Se recomienda estudiar con un chocolate y llegar al examen con otro, para afianzar el conocimiento. Cuando desconfiamos de algo o de alguien decimos que «apesta». He conocido personas que detestan un perfume después de una relación desastrosa.

Cómo nos apodera un recuerdo es igual que cómo nos invade un olor. No podemos dejar de respirar, al igual que es muy difícil que olvidemos. Lo bueno es que podemos darle un nuevo significado a todo lo que llevamos en el cerebro.

Mi papá olía a aceite de pistola, cuero de silla de montar y colonia. Mi mamá olía a perfume, aunque no se pusiera. Mi casa en Navidad huele a mantequilla y azúcar. Mis hijos olían a leche. Mario huele a pan…

Recuerdos embotellados, como el del protagonista de El Perfume que quería hacerse un humano a fuerza de puro olor. Así, ahora soy yo la que compra melocotones y los hace pie. Lo bueno es que, a la gente de mi casa, ese trato les encanta.

La memoria corta

Me da pena, pero me pasa muy frecuentemente que no le sé el nombre a la persona con la que estoy hablando. Pero aún, ni siquiera recuerdo haberla conocido antes. (Inserte una imagen de mi marido trabando los ojos en el cráneo y diciéndome que me la presentó en tal o cual ocasión.) De verdad me molestan esos olvidos, porque no me gusta ser tan poco empática.

En alguna de las historias de Sherlock Holmes, Watson se horroriza cuando descubre que su roomate no sabe que la Tierra es redonda y que gira alrededor del sol, pero que puede identificar cualquier clase de tabaco, sólo con ver las cenizas. La explicación para esta ignoracia voluntaria que da Holmes es que su cerebro es como un archivo con espacio limitado y que sólo le gusta guardar lo que verdaderamente le sirve.

La ciencia nos indica que, por el contrario, el cerebro es plástico y podemos meterle cuanta información queramos. El punto es saberla encontrar. Por eso técnicas tan maravillosas como las del «palacio de la memoria», con el que, literalmente, se construyen edificios mentales para guardar recuerdos y accesarlos fácilmente.

Yo creo que estoy entre entender perfectamente al famoso detective y querer creer lo del espacio mental ilimitado. Cuando aprendo una kata nueva, automáticamente se sale una que ya aprendí por la puerta de atrás. Pero, la rocola que ando cargando sólo necesita un par de estrofas y ya estoy cantando casi cualquier canción. Ahora, con los nombres, ni archivo finito, ni constructo mental. Ésos pareciera que se van directamente al hoyo negro de la desmemoria.

Lo eterno que cambia

Tengo un recuerdo tan vívido de la primera (y única) vez que me han asaltado. Puedo ver el parche del ojo del tipo (en serio, tenía un parche en un ojo), el lugar justo en el Trébol por donde iba, cómo quedó sucia mi blusa blanca por la mugre que llevaba el tipo en las manos, la sangre que me sacó cuando me dio manotazos para arrancarme los anteojos. Lo recuerdo todo perfectamente bien.

Uno piensa que las memorias de cosas pasadas se guardan en el cerebro como fotografías y que permanecen inmutables, guardadas detrás de un vidrio protector. Resulta que, si bien se compara nuestro cerebro a una computadora, no necesariamente reunimos archivos y los metemos en neuronas para no cambiarlos jamás. Todo allá adentro es plástico, crece, se mueve de lugar, se alimenta de lo que hacemos. Cada vez que «sacamos» un recuerdo de su caja, lo cambiamos, porque le agregamos las nuevas experiencias que ya poseemos. Es como volver a leer un libro años después. Digamos que tenemos un vocabulario más amplio para entender lo que nos estaba diciendo.

Psicológicamente hablando, esta maleabilidad permite regresar a momentos críticos de nuestras vidas y transformarlos en mejores experiencias. Podemos quitarnos la humillación de la vez que no nos escogieron para un equipo, el dolor del primer corazón roto, la rabia de una injusticia. Si logramos iluminar los rincones oscuros de nuestra vida anterior, podemos meterle una luz de esperanza que alimenta lo que hacemos de aquí en adelante.

El ladrón no pudo quitarme los anteojos, ni la pulsera, ni la cruz. Tan sólo se llevó una cadena. Yo recuerdo que me defendí, que le pegué en la nariz, que no me dejé. Y sacar ese recuerdo me hace sentir poderosa, capaz. Por lo menos esa es la historia que me cuento a mí misma y quién me dice que no es la real.

Mucho trabajo por delante

En el colegio me molestaban de gorda. Me decían así como algo así como «hipopótamo» o «cochebomba», sinceramente no recuerdo exactamente qué término de cariño utilizaban conmigo. Especialmente las chavas. Eran particularmente astutas para calificarme de la manera más odiosa y dolorosa que podían. Digamos que no fue agradable.

También digamos que ya pasó. Hace ya suficiente tiempo como para poder saludar a las personas con las que pasé esos bellos años de la juventud con una genuina sonrisa. No es que me junte con ellos, ni organice las reuniones de grado, pero tampoco les volteo la cara por la calle. Con los que tuvieron poco o ningún involucramiento con las chingaderas, incluso, podría decir que me agrada saber de ellos.

Pero todavía llevo en algún lado de mi corazón a la adolescente herida, ésa que le encantaría haberse podido poner un bikini enfrente de sus compañeros de clase y dejarlos con la boca abierta. Ella es una de las muchas manos que me empuja por la mañana a hacer pesas, la que me ayuda a no pasar a un restaurante de comida rápida, la que echa leños al fuego de la vanidad. No es mi mayor motivación, tengo otras, pero allí está y eso es innegable. Tampoco es bueno. Porque, mientras esté ella adentro, hay una llaga que, por muy pequeña que sea, sigue abierta y duele. Y no me ayuda a ser mejor persona.

Porque me ha pasado que por casualidad, de lejos veo a alguien de mi clase, sobre todo si son mujeres y están de espaldas y una sonrisa de satisfacción malévola llena mi cara cuando les veo el trasero de camión. Lo siento. No lo puedo evitar.

Y me da pena sentirlo, porque sé que no crezco como ser humano con esos sentimientos. Porque no son positivos en mi vida. Porque esa adolescente ya no existe y ya no debería pesar en mis acciones.

Lo que nos ata al pasado de forma negativa, es como la hiedra que ahoga un árbol. Los recuerdos deberían ser como los hongos: simbióticos, colaboradores, vitales, pero ocultos y positivos. Cualquier cosa que nos haga retroceder, la deberíamos tratar de superar.

A mí me falta mucho por hacer, sobre todo porque, como no tengo (ni quiero) relación con esa gente, me es muy difícil darme cuenta que todavía tengo esos sentimientos. Y me cuesta soltar la felicidad que me da pensar en la celulitis que se ha de ocultar bajo su ropa de viejos.

Rompecabezas

Es difícil entender las motivaciones de otras personas. Sobre todo cuando esas otras personas son las que lo criaron a uno. No puedo decir sinceramente que yo conociera a mi papá. Tengo una cantidad de imágenes y sentimientos y recuerdos que no son del todo congruentes entre sí y no logro unirlos para armar a una persona completa. Solía ser violento, aunque no me dio más de una golpiza que tenía merecida. No conocía el concepto de «fidelidad conyugal», pero nunca dejó a mi mamá con la que tenían la más conflictiva de las relaciones. No tenía ni un amigo, pero todos los que lo conocieron lo recuerdan con cariño. No tengo memoria de que me haya dicho que me quería y todavía recuerdo las siestas juntos. Era un hombre duro, pero hasta ya muy entrada en la adolescencia, comíamos helado en el mismo plato, me dejaba tomar de su vaso de agua y por él tomo cerveza (era lo único que tomaba y con media era suficiente para hacer siesta toda la tarde). Me dejaba jugar con su espuma de afeitar. Me compraba los zapatos más lindos. Jamás me dijo que me veía bien. Un trabajador ejemplar, ingeniero genial, hombre recto, intachable, tuvo varios puestos públicos, entre ellos estar encargado de la construcción del Teatro Nacional y traer a la realidad la fantasía de Efraín. Pero nunca logró tener algo permanente ni lucrativo, por un sentido exagerado de lo correcto y por su incapacidad de conformarse con ciertas reglas sociales. Machista hasta el extremo, no dudó en empujarme a tener una carrera y ser autosuficiente, enseñarme a tirar (hasta ser campeona nacional varios años seguidos), reconocer mi inteligencia y afinidad por las ciencias duras. Para su tristeza, estudié derecho y «desperdicié» mi cerebro por no estudiar la astrofísica que él quería.

Nada de todo eso me enseñan a un hombre completo. Jamás le pregunté cómo había sido su infancia, las historias de sus aventuras adolescentes me llegaron tarde y distorcionadas en leyendas. Sus otras hijas tienen una visión tan negativa de él, que he preferido no conocerla, porque no corresponden con lo que viví.

¿En dónde encontramos a la persona real? ¿Conocemos verdaderamente a la gente que tenemos al lado? Casi imposible hacerlo si no preguntamos.

Yo no quiero quedar como una incógnita para mis hijos. De muchas maneras, yo moldeo su personalidad y dejo ecos de mí misma en sus vidas. Me gustaría que me reconocieran en sí mismos y escogieran con qué partes mías quedarse.

Al fin y al cabo, ellos tienen que decidir qué hacer con la maleta de experiencias que les heredamos. Por lo menos les podemos hacer el favor de presentarnos como personas. Me daría mucha lástima dejarles un rompecabezas incompleto.