No siempre hay que ser especial

Anoche hice tres platos de comida distintos: la cena de Mario, mi cena y mi almuerzo. Todo porque ando de dieta con cosas específicas y tengo que comer lo que me obligan, digo, me recomiendan.

Uno mira una manada de elefantes y, si bien es cierto, ninguno es idéntico al otro, tampoco sobresale uno morado, digamos. Supongo que, en el desarrollo de una especie, da ventaja ser mejor, pero igual. Por algo a las ovejas negras las sacan del rebaño. No van.

Me ha pasado toda mi vida que no voy. Algo tengo cableado distinto, tal vez. Eso me ha producido muchos malos ratos, tanto en situaciones sociales como en mi estado emocional personal. Hasta que, ya a mis casi cuarenta y dos años, me estoy gozando ese no pertenecer a un grupo demasiado homogéneo y grande. Porque he encontrado otras personas que son distintas que se me parecen.

Tal vez la clave es ser uno. Como uno es. No tratar ni de encajar, ni de ser diferente. Estar muy afuera de la sociedad en la que uno decide vivir, es incómodo. Y allí está la clave: uno escoge la sociedad de la que se rodea, al menos la inmediata. Allí donde uno encaja sin mucho esfuerzo y con felicidad a adaptarse.

Espero volver a encarrilarme con la comida. Me gusta ser especial, pero no tanto.

Escogerse

En un mismo día me pongo varios «sombreros»: mamá, esposa, amiga, carpintera, escritora… Las diferentes fachadas que uno presenta dependiendo de la ocasión son tan variadas, como las interacciones mismas. Y es que no voy a hablar de la misma forma, ni de las mismas cosas con mis hijos pequeños que con mi marido. Simplemente uno saca de adentro lo que pide el entorno.

Los seres humanos tenemos varios aspectos de nuestra propia personalidad. Como un cuadro que se mira por partes, o una casa que se visita por habitaciones. No todo el mundo conoce más de uno de nuestras facetas y menos aún la mayoría. Creo que es hasta difícil que nosotros mismos estemos conscientes de todo lo que representamos.

Pero sí podemos fijarnos en cuál de los aspectos de nuestras vidas somos más felices, nos sentimos más libres, más completos. Una amistad que hace que te sientas mal de ser tú mismo es tan dañino como una relación que te obliga a vestirte de cierta manera. En contraste, no hay nada mejor que te conozcan y te aprecien, espinas y todo.

Cuando se es niño, la adaptación al grupo es difícil precisamente porque no se escogen a los compañeros de clase y hay que rogarle a Dios tener suerte. Pero uno, que ya está grande, sí tiene toda la libertad de escoger a las personas de las que se rodea en su círculo más cercano. En buena medida, el barómetro para hacer la clasificación debería ser con quién me siento en mi mejor «yo».

Rompecabezas

Es difícil entender las motivaciones de otras personas. Sobre todo cuando esas otras personas son las que lo criaron a uno. No puedo decir sinceramente que yo conociera a mi papá. Tengo una cantidad de imágenes y sentimientos y recuerdos que no son del todo congruentes entre sí y no logro unirlos para armar a una persona completa. Solía ser violento, aunque no me dio más de una golpiza que tenía merecida. No conocía el concepto de «fidelidad conyugal», pero nunca dejó a mi mamá con la que tenían la más conflictiva de las relaciones. No tenía ni un amigo, pero todos los que lo conocieron lo recuerdan con cariño. No tengo memoria de que me haya dicho que me quería y todavía recuerdo las siestas juntos. Era un hombre duro, pero hasta ya muy entrada en la adolescencia, comíamos helado en el mismo plato, me dejaba tomar de su vaso de agua y por él tomo cerveza (era lo único que tomaba y con media era suficiente para hacer siesta toda la tarde). Me dejaba jugar con su espuma de afeitar. Me compraba los zapatos más lindos. Jamás me dijo que me veía bien. Un trabajador ejemplar, ingeniero genial, hombre recto, intachable, tuvo varios puestos públicos, entre ellos estar encargado de la construcción del Teatro Nacional y traer a la realidad la fantasía de Efraín. Pero nunca logró tener algo permanente ni lucrativo, por un sentido exagerado de lo correcto y por su incapacidad de conformarse con ciertas reglas sociales. Machista hasta el extremo, no dudó en empujarme a tener una carrera y ser autosuficiente, enseñarme a tirar (hasta ser campeona nacional varios años seguidos), reconocer mi inteligencia y afinidad por las ciencias duras. Para su tristeza, estudié derecho y «desperdicié» mi cerebro por no estudiar la astrofísica que él quería.

Nada de todo eso me enseñan a un hombre completo. Jamás le pregunté cómo había sido su infancia, las historias de sus aventuras adolescentes me llegaron tarde y distorcionadas en leyendas. Sus otras hijas tienen una visión tan negativa de él, que he preferido no conocerla, porque no corresponden con lo que viví.

¿En dónde encontramos a la persona real? ¿Conocemos verdaderamente a la gente que tenemos al lado? Casi imposible hacerlo si no preguntamos.

Yo no quiero quedar como una incógnita para mis hijos. De muchas maneras, yo moldeo su personalidad y dejo ecos de mí misma en sus vidas. Me gustaría que me reconocieran en sí mismos y escogieran con qué partes mías quedarse.

Al fin y al cabo, ellos tienen que decidir qué hacer con la maleta de experiencias que les heredamos. Por lo menos les podemos hacer el favor de presentarnos como personas. Me daría mucha lástima dejarles un rompecabezas incompleto.

Querer Quedar Bien

De adolescente, recuerdo que me esforzaba mucho por caerles bien a todo el mundo. No recuerdo haber tenido mucho éxito. Las personas que quieren mucho quedar bien, terminan siendo desesperantes y probablemente así podían describirme. Para ser una persona que le sea agradable a todo el mundo, es necesario no tener aristas, no crear controversias, no antagonizar. Eso sólo se logra sin personalidad propia, siendo plano, sin sabor. En pocas palabras, una papa sin sal.

Una reacción es volverse tan lleno de opiniones propias que no nos gane un cactus de lo espinoso. Pero así tampoco conseguí muchos amigos. El vestirse con un manto de cinismo nos puede proteger del mundo exterior, pero no dejamos que nadie se nos acerque.

Seguir cumpliendo años y no desarrollar una personalidad propia, no puede ser considerado crecer.

El problema, como siempre, es encontrar un intermedio entre los dos extremos. Ni tan complacientes que nos borremos a nosotros mismos, ni tan espinosos que nadie se nos acerque.

Ahora que ya no soy adolescente desde hace algunas décadas, me encuentro con varias aristas y peculiaridades que jamás me hubiera atrevido a demostrar antes por temor a «caer mal». Y resulta que ahora sí tengo amigos que me aprecian, con todo y mis rarezas.