Resulta que ahora estoy nadando. Lo comencé para no ahogarme surfeando y resulté siguiéndolo. No sé si es por inercia, si es porque realmente me está sirviendo, o porque me está gustando. Lo último es debatible. Muy debatible.
He escuchado decir que nuestra relación con el agua es como nuestra relación con el subconsciente. Necesitamos un poco para vivir, pero si nos metemos demasiado nos morimos. O tenemos un episodio psicótico.
Pero la sensación de nadar es lo más cercano a volar que tenemos como humanos de a pie. Flotamos y nos desplazamos en un medio en el que perdemos nuestra conexión con nuestro peso. Nos alejamos del suelo. Nos perdemos del mundo.
Cuando nado, dejo de competir. Sólo estoy yo, sólo escucho mi respiración, sólo siento el agua. Eso compensa el agotamiento, el resabio de angustia que da tener que salir a respirar y la pereza de salir a bañarme después.
Hay que saber perder la gravedad de vivir. Soltar lo que no nos deja reírnos de nosotros. Flotar un poco sobre nuestros problemas para agarrar perspectiva. Ponernos atención sólo a nosotros.
Por primera vez, además, tengo un poco de color (de más blanco, a blanco). Y poder salir de mi zona de confort, es un bono agregado. A ver qué tal me va cuando haya demasiado frío.
