Perder la gravedad

Resulta que ahora estoy nadando. Lo comencé para no ahogarme surfeando y resulté siguiéndolo. No sé si es por inercia, si es porque realmente me está sirviendo, o porque me está gustando. Lo último es debatible. Muy debatible.

He escuchado decir que nuestra relación con el agua es como nuestra relación con el subconsciente. Necesitamos un poco para vivir, pero si nos metemos demasiado nos morimos. O tenemos un episodio psicótico.

Pero la sensación de nadar es lo más cercano a volar que tenemos como humanos de a pie. Flotamos y nos desplazamos en un medio en el que perdemos nuestra conexión con nuestro peso. Nos alejamos del suelo. Nos perdemos del mundo.

Cuando nado, dejo de competir. Sólo estoy yo, sólo escucho mi respiración, sólo siento el agua. Eso compensa el agotamiento, el resabio de angustia que da tener que salir a respirar y la pereza de salir a bañarme después.

Hay que saber perder la gravedad de vivir. Soltar lo que no nos deja reírnos de nosotros. Flotar un poco sobre nuestros problemas para agarrar perspectiva. Ponernos atención sólo a nosotros.

Por primera vez, además, tengo un poco de color (de más blanco, a blanco). Y poder salir de mi zona de confort, es un bono agregado. A ver qué tal me va cuando haya demasiado frío.

Nada, que nada

Hace poco regresé a nadar, después de mucho tiempo de no hacerlo. Las primeras veces fueron penosas, apenas me alcanzaba el aire. Ahora ya lo hago con menos sufrimiento. Pero no me sale la famosa «vuelta olímpica». Parece más «rehilete desbocado». Cuando no me volteo antes de tiempo, no llego a tocar la pared (ni el fondo de la piscina) y tengo que hacer el doble de esfuerzo para seguir. Fatal.

Como humanos tenemos una sorprendente resistencia a la adversidad. Seguimos avanzando a pesar de llevar cargas emocionales enormes. Resistimos, seguimos, pasamos. Pero nos cansamos y de vez en cuando necesitamos un impulso, un empujón para renovar fuerzas. A veces esa ayuda viene de una pared en la que nos chocamos y nos da una nueva dirección. A veces viene de tocar el fondo de nuestras fuerzas, agotarnos hasta no dar más.

La vida está llena de pequeños y grandes peligros. Las heridas al alma, esas que nos tienen a veces hecho un colador el corazón, no nos dejan disfrutarnos de lo que está a nuestro alrededor. Se puede tratar de proseguir, medio nadando, medio ahogándonos, pero, tarde o temprano, nos vamos a agotar. Es más sincero con nosotros mismos examinar nuestras carencias, determinar cuáles hay que reparar de inmediato y hacerlo lo antes posible. Aunque eso signifique que hayamos llegado hasta lo más bajo de nuestro estado emotivo. Claro, si no me molesta, ¿cómo voy a saber que lo tengo que cambiar?

A mí me gusta ignorar el dolor. Como cuestión personal, verdaderamente no le doy importancia a un músculo cansado, ni a un golpe, ni a una herida. Ya pasará. Lamentablemente, suelo hacer lo mismo con el dolor sentimental, hasta que se me acumula y estallo. Tal vez sería más fácil remendar pequeños agujeros que reparar un tsunami. Y, también, seguro que sería más fácil apoyarme en la pared de la piscina para dar la vuelta que buscar el fondo o, peor aún, quedarme chapoloteando cual tortuga boca arriba.