El Mejor Cumpleaños

En algún lado perdí mis ganas de tener celebraciones para mis cumpleaños. No es que no me guste «estar más vieja», eso es inevitable. Simplemente ya no hay piñata, ni velitas, ni saltarín, ni ganas de tenerlos.

Es un día «que se trata de mí». Y lo acabo de tener. Cayó en domingo. Desayunamos, fuimos a Misa, al cine, comimos un helado y regresamos a la hora usual de la cena y cama de los niños. Un domingo normal en mi familia: o sea, el cumpleaños más especial.

Porque una de las metas de la vida es ser feliz y hay que encontrar la felicidad en las cosas cotidianas y normales. Ésas con las que uno se topa siempre: un desayuno acompañado, la sonrisa torcida de uno de los peques, un cuerpo querido en la cama. Pretender ocasiones exageradas, fuera de la rutina, como la única forma de sentirse bien, es como casarse por la fiesta y no por vivir juntos.

Claro que los viajes, las fiestas, los regalos, los escándalos, bombos, platillos, mariachis, todo eso es alegre. Pero no hace la felicidad. La felicidad se la hace uno tomándose una taza de café. O una copa de vino. Como me toca ahorita, para terminar la parte pg de mi día.