Rehabilitar

Los muebles de la casa me están descolgando el hombro. Ese movimiento constante de la lijada es una tortura más tarde y ni la acupuntura ni la cúrcuma son suficientes. Por otro lado, pasé diez días de una feliz escapada de la dieta normal, tomando margaritas desde las 10 am y baleadas con frijoles y cuanta cosa más había. Y cerveza. Y pizza. Y helado. Y ya mejor no sigo, porque me duele la panza sólo de recordarme. Ayer fue el primer día de comer «normal» y sentí la gloria. Hoy fue mi primer día de nadar en una semana y también me cayó bien.

Comencé pensando que iba a nadar diez vueltas y terminé nadando veinte, porque la necedad puede más que el cansancio. Y también me pasé planificando todo el resto de ejercicio que quiero hacer (necesito hacer pesas y yoga). El problema es que ya no me quedan horas hábiles para meterle más agotamiento a mi cuerpo. Y así tampoco nunca voy a caber en mis pantalones de cuero.

No sé. La cosa es que, volviendo a lo del hombro, pareciera que mi resistencia tiene un límite y hasta lo bueno, como el ejercicio, es posible hacer en demasía. ¿Quién diría?

La palabra rehabilitación, sin embargo, sólo tiene sentido si utilizamos un momento de pausa para volver a incorporarnos a lo que queremos hacer. Y también implica que tenemos que estar restaurados por completo para poder hacerlo. No sólo es descansar y volver a echar punta. Es revaluar todo lo que hicimos para lastimarnos y planificar cómo evitarlo. Aplica también para las relaciones, el trabajo, hasta para leer. Queremos seguir teniendo buenos resultados, con movimientos repetitivos que probablemente nos están irritando. Y así no se puede. Pero tampoco se puede vivir en pausa para siempre, porque hay que levantarse de donde uno está aplastado para lograr lo que se quiere.

Las fuerzas que agarramos en vacaciones hay que encausarlas. Los jirones de vida que nos dejamos cuando nos sobrecargamos, hay que remendarlos. Así también se hacen los músculos más fuertes: micro desgarres que se reparan. Y por eso me toca también hacer pesas. Espero poder tomarme vacaciones a finales de año.

Tomarse vacaciones

En algún momento estuve en una mala relación, culpa de ambos, obvio. Lo divertido era que, si estábamos de viaje, la cosa no iba tan mal. Claro que cuando regresábamos a la normalidad, todo se iba rápido y en bajada al carajo.

Las vacaciones sirven para despejar la mente del trajín del día a día, no para escapar de la realidad. Porque la realidad es jodida y lo recibe a uno de vuelta, aún más en pelota de lo que la dejamos. Todas las relaciones se benefician de un período concentrado de atención, que sirve para afianzar lo que ya está. Pero algo tiene que haber antes. No es precisamente al lado de una piscina que se arreglan problemas de pareja de esos gruesos.

El convivir de cerca acentúa todo lo que uno tiene. Es muy difícil esconder el carácter con la persona con la que se comparte el baño. Por eso es que si existe algo que arreglar, se hace en el diario vivir.

A mí, ahora, me sigue encantando viajar. Dejar de escuchar los «mama, mama, mama» de vocecitas persistentes, ordenar casa, arreglar comidas… Pero siempre quiero regresar. Y eso vale más que cualquier vacación.

El espacio vacío

Cuando vi por primera vez la ya famosa presentación de la diferencia entre el cerebro del hombre y de la mujer y el famoso «nothing box», me reí muchísimo y allí lo dejé. Ahora, con varios años de estar casada con un hombre y de ser mamá de otro, creo entenderlo.

Dejando de un lado eso de que los cerebros de los hombres y las mujeres tienen una estructura diferente, lo interesante del asunto es el concepto de un espacio para la nada. De nada. Vacío. No tengo memoria de un período de mi vida en el que no me haya sentido ocupada. Que si el colegio, los novios, amigos, la universidad, el trabajo, los hijos, el karate, el blog… Hasta cierto punto me siento obligada a estar haciendo algo todo el tiempo. Es como estar sobre un tronco en un río turbulento y tener que correr para no caerse.

Un pedazo de mi existencia que me sirva para no servir de nada, es aterradoramente seductor. ¿Y si alguien me necesita? ¿Y si pasa algo? ¿Y si no pasa nada?

Necesito un nothing box que me de paz. Lo triste es que si la consigo, probablemente me ponga a lijarla y pintarla y barnizarla.