Tener el corazón roto
sirve para guardar el dolor en un lado
y la paz en otro.
Tener el corazón roto
sirve para guardar el dolor en un lado
y la paz en otro.
Detesto cambiar de planes. Lo detesto. Y la vida me los cambia a cada rato. Y no sé si estar contenta o triste o con miedo o entusiasmada. Sólo sé que mis planes no se cumplieron y que, simplemente, es lo que hay.
Le tengo pavor a las escaleras. Se mueven y son altas y me puedo caer. Pero quería pintar una pared y tuve que subirme a una. Lo hice muy bien (subirme, no pintar, dejé manchas por todos lados) y sólo me di cuenta que estaba nerviosa hasta que bajé.
Me encanta el lema “lo perfecto es enemigo de lo bueno”. Me gusta aún más “todo lo que vale la pena hacerse, vale la pena hacer hasta mal”. Así como mi pared. O repellar. O cantar. O bailar. Todo lo que le da a uno verdadera felicidad y es para uno. Los demás pueden pintar sus propias paredes.
Tengo que volver a encaramarme a esa escalera porque falta la parte blanca de las gradas. Ya lo haré con igual de miedo e igual de mal. Y con la misma satisfacción.
Yo quiero comprender todo. En especial la motivación de las personas con las que me relaciono. Pero no siempre hay una respuesta que me satisfaga, sobre todo porque las motivaciones del otro puedo no entenderlas.
Actuamos desde lo propio para acercarnos a lo ajeno y no siempre es posible llegar hasta lo esencial. Y uno tiene que escoger estar juntos sin entender totalmente o separarse porque no es suficiente.
Me molesta quedarme sin saber. Y es una molestia con la que tengo que aprender a vivir
Creo que las salas de espera son una forma de tortura. El limbo entre una acción y otra que hace que el tiempo sea elástico y se expanda sin fin. Igual es estar entre una decisión y otra. Los peores momentos en un relación son cuando uno no sabe dónde está parado.
Estamos hechos para tener pausas, pero no necesariamente incertidumbres. Tener un dolor sin diagnóstico es casi peor que la peor de las enfermedades. Dentro de ese agujero caben la duda, el miedo y la esperanza todos juntos y no se siente bien la mezcla.
Me gusta saber en dónde estoy parada. Aunque sea para salir de allí. Y prefiero no ir al doctor a esperar.
Yo empeñada en reparar las paredes
y tú entretenido destruyendo los cimientos.
Siempre me imagino muchos escenarios posibles y me posiciono en uno que me parece probable. Generalmente tengo razón. Pero últimamente no sé si es porque era lo que iba a suceder o porque estoy sugestionada a que lo haga.
Las expectativas tienen mala fama. La verdad es que uno hace cosas esperando un resultado y hay situaciones donde es perfectamente razonable que uno lo haga.
Tal vez lo que no tengo qué hacer es enojarme si la otra persona no cumple lo que espero. Y simplemente dejarlo ir.
Detesto los cambios. Me dan miedo. Me dan tristeza. Me dan ansiedad.
Y uno se la pasa en cambios la vida entera.
Hay que hacerle gamas. Porque hasta yo cambio todo el tiempo y no sólo puedo aceptar lo que me gusta. La existencia se experimenta en su totalidad o mejor salirse.
Estoy leyendo un libro traducido del ruso al español y, aunque la lectura está fluida, siempre me imagino cuántas sutilezas fueron dejadas en el camino del cambio de idioma. Hay precisiones y cadencias e intenciones que tiene cada idioma, que hace imposible una traducción completamente fiel y sólo queda interpretar, con todos los sesgos que eso implica.
Igual pasa para entender por completo a otras personas. Llenamos las palabras de nuestros significados particulares, con todos los recuerdo, emociones y vivencias que asociamos con las mismas. Es imposible que alguien nos acompañe del todo en ese camino que hemos recorrido para llegar a donde estamos y desde donde nos queremos explicar. Pero lo lindo es que cada uno hacemos lo que podemos (cuando queremos) y, a veces en esa interpretación, encontramos de nosotros mismos la respuesta para hacer mejores relaciones.
Las traducciones son imperfectas, pero nos permiten acceder a material que existe en idiomas que no hablamos. Lo mismo la empatía y la escucha atenta y la buena voluntad de acercarnos, aunque no entendamos del todo. Y eso es lo que nos expande el mundo.
Pasé el fin de semana viendo partidos de football. Y queriendo ver películas. Y series. Y es que hay mucho, demasiado qué ver en todas partes. Pero pocas ocasiones de hacer comunidad con nuestros gustos. Antes todos mirábamos las mismas series, al mismo tiempo. Ahora, vemos lo que queremos. Y no sé si eso es tan bueno como hemos querido creerlo.
Los humanos estamos hechos para vivir en comunidad, hacer cosas juntos, tener vivencias compartidas. Cada vez nos queda menos de eso. Yo misma soy responsable de estar mucho tiempo sola. Y de que me guste.
Creo que los partidos en vivo de los deportes que nos gustan es la única experiencia comunitaria pura que nos queda. Menos mal me gustan tantos deportes.