Nuevas necesidades

Por primera vez, estoy usando anteojos para escribir esto. Ha sido un largo proceso de aceptación y aún así me rehuso en mi interior a identificarme como alguien que usa anteojos de viejita. Pero es lo que hay.

Cuando uno tiene la edad de mis hijos, la mayoría de cambios naturales son para mejorar. Crecen, desarrollan musculatura, se expande su cerebro… pero después de pasar algunas décadas adicionales, los cambios no son necesariamente para mejor. Hay un grado marcado de deterioro en las capacidades físicas y un anquilosamiento de las mentales, que obliga a moverse para minimizarlos. La lucha se vuelve para conservar.

Definitivamente escribo mejor con anteojos. Y me duele menos la cabeza leyendo. Y me quito mejor las cejas… Sigue sin gustarme.

Mantener secretos

A veces hay que guardar una información escondida. Puede ser para dar una sorpresa agradable o para resguardar los sentimientos de la otra persona. Todo el mundo lo hace. Con cosas grandes y pequeñas.

Tenemos la capacidad de escoger qué compartir. Es una de las bellezas del lenguaje. Y una de sus desventajas. Porque nunca estamos totalmente seguros de recibir toda la información. Podemos decidir que esto nos obliga a ser completamente desconfiados. Pero así no fluyen las relaciones. Así que es mejor aceptar lo que nos dicen como verídico, pero sin cerrarnos a la posibilidad de que haya algo más.

En lo personal, detesto guardar secretos. Es difícil compaginar información sin que se me salga algo. Pero tampoco me va tan bien siendo totalmente transparente.

Regalar cosas

Dar regalos es la manifestación de la medida de cuánto conocemos al otro. Atinarle al gusto de alguien y darle algo que ni siquiera sabía que quería, es una habilidad aprendida que da demasiada satisfacción.

A veces uno regala lo que uno quiere que el otro tenga, it respectivamente del otro. Y eso también es una demostración de la cercanía de la relación. Un poco menos considerado, pero igual de interesante. Ambas posturas hablan más del que da que del que recibe.

A mí me encanta dar regalos. De ambas categorías y con intenciones distintas cada una. Pero siempre, lo más satisfactorio, es quedar bien.

Si no es ahora

¿Se recuerdan aquella canción de Timbiriche de «si no es ahora, será mañana»? Es el tipo de sentimiento que sólo se puede tener con la vida por delante. Porque, es cierto, el universo te da la oportunidad de volver a tomar decisiones, pero cada vez tienes menos tiempo para disfrutarlas. Sobre todo con la repetición de patrones afectivos.

La composición emocional nos la hacen nuestros padres, tanto genéticamente como de crianza. Es como el color de ojos y el tamaño de los pies. Es lo que hay. Pero, al igual que la estatura y los tacones, uno puede trabajar con lo que tiene. Es que no queda de otra. Y por eso vale la pena aprender en dónde están los espacios que nos impulsan a tomar (o dejar de tomar) decisiones que nos hagan bien.

Tengo la oportunidad de tomar decisiones con lo que tengo a la mano, tomando en cuenta mis sentimientos y mis miedos y teniéndome la mayor paciencia que puedo. Cuesta. Me ha costado casi cincuenta años aprender a hacerlo y aún no lo hago bien siempre. Pero… si no es ahora, a estas alturas del partido, no sé si será mañana.

Palabras para otra persona

Todo lo que te escribí y olvidaste

los encargos de las compras

las travesuras de los niños

los mensajes de mediodía

los reclamos llenos de amor dolido

la tarjeta de cumpleaños

el poema de los viernes

los adioses y las bienvenidas

mi vida con la tuya,

todas fueron para otro tú

que las olvidó.

Dejar hacer

Hoy JM hizo el almuerzo. Algo que yo nunca hubiera cocinado t le quedó delicioso.

Cuando uno tiene hijos, al principio hay una diferencia abismal entre ambos, porque no se comparte ni la habilidad de hablar. Pero con el paso del tiempo, uno se va emparejando. Y se lo puede tomar a tragedia por el niño perdido o a orgullo por el adulto incipiente. Creo que hay un poco de ambos en juego.

Ver a mis hijos acercarse a mis vivencias es fascinante. Siempre habrá una brecha, pero no sólo porque no hayan hecho lo mismo que yo, sino porque yo no haré lo mismo que ellos. Lo mejor es compartir esas experiencias. Y que me hagan el almuerzo.

Falta de costumbre

Tengo mucho tiempo de no patinar, de no tocar flauta, de no montar caballo. Todas cosas que hice con frecuencia y ya no.

¿A dónde se van las costumbres que perdemos? ¿Se nos acumulan en una esquina de la mente esperando que las desempolvemos? ¿O se van ofendidas para no volver?

Todo lo que hice y ya no hago, lo tengo que volver a aprender. Tal vez queda la marca de la práctica, pero dudo que esté aún accesible el resultado.

El hambre

A mí todo me quita el hambre: la ansiedad, el enojo, la tristeza… Todas esas emociones que hacen que la gente se consuele con pan, a mí me da por lo contrario. Ahhh, pero estoy contenta y me inflo como globo.

Tenemos una relación especial con la comida. Ya no sólo es combustible, es entretenimiento, socialización, sustituto emocional. Y, al contrario de otros desórdenes o adicciones, no podemos dejar de comer del todo. A veces la evolución que hemos sufrido los humanos no es tan positiva…

Cuando estaban enfermos mis papás, llegué a pesar 108lbs. Espero nunca más volver a estar igual. Aunque me enoje engordarme por estar feliz.

Dulzura mesurada

Yo no soy una persona precisamente dulce. En el sentido de hablar en octavas altas y decir muchos cariños. Soy pesada y directa y ronca. Digamos que un gusto adquirido.

Los seres humanos, sobre todo las mujeres, desarrollamos una afinidad con los tonos más altos porque los bebés lloran en ese espectro. Es una cuestión de supervivencia, casi como todo. Pero nos hemos convertido en seres mucho más complejos que simples máquinas de hacer descendencia, y desarrollamos gustos que tal vez contravienen lo natural.

Hay un podcast, 99% Invisible, de Roman Mars, quien tiene el tono de voz grave más delicioso del mundo mundial. Roman podría leerme su declaración de impuestos y hacerme pedir que me leyera el de años anteriores. Nada qué ver con lo natural, evolutivo, procreativo. Espero que mi falta de dulzura, mi ser directa y mi tono de voz mucho más grave del resto de mujeres, no me excluya de la cadena de ser atractiva.