¿Puedo renunciar?

El horario, la comida, el colegio, las actividades, la tele, las mascotas, la religión, los libros… La ropa, los juguetes, (la falta de) juegos electrónicos. El deporte, la música. Todo. Siento que soy responsable de absolutamente todo lo de mis hijos y que cae sobre mí cómo vayan a resultar de grandes. Y me dan ganas de salir corriendo.

Criar hijos no es como hacer un pastel. Seguir una receta es llevar a cabo una fórmula química que tiene resultados consistentes. No así educar personas. Primero, porque ya vienen con una programación propia y lo que funciona con uno, no funciona con el otro. Segundo, porque intervienen un montón de factores distintos que no están bajo el control de los papás, como el colegio y los amigos.

Difícilmente se puede tener a los niños en una burbuja para que no se «contaminen». Se arriesga uno a que, la primera vez que salen al mundo, se mueran de un catarro.

Los que tenemos el encargo de hacer personas de bien, vemos que implica mucho más de lo que habíamos pensado. Definitivamente no me imaginaba que iba a sufrir tanto con mocos y fiebres de otra gente.

Hoy estoy estresada. Verdaderamente no sé si lo estoy haciendo bien. Me dan ganas de salir corriendo. Pero luego recuerdo que los amo, que tengo la mejor de las intenciones, que tengo alguna medida de inteligencia y que no estoy sola. ¿Tal vez mi marido quiera intercambiar chance conmigo? ¿No?

Aprender a decorar

Después de casi diez años de matrimonio, era justo y necesario que mandara a retapizar los muebles de la sala y el sillón orejero que era de mi papá (una belleza con resortes que me sirvió de cama elástica, sólo no se lo cuenten a mis hijos). Debo confesar que nunca he decorado a mi gusto entero, ni siquiera mi cuarto. Tengo una idea general de qué me gusta y una muy específica de qué no me gusta. Pero nunca lo he visto en la realidad.
Ahora me toca decidir qué pasa con todos los ambientes de una casa que comparto con más personas y eso me tiene paralizada. No sé si me va a gustar lo que me gusta.
Muchas veces, ante la necesidad de ejercer opiniones, los humanos nos quedamos como venados lampareados. No sabemos para dónde agarrar. Tal vez por eso es que sean tan exitosos los regímenes totalitarios de cualquier índole en los que les dicen a sus seguidores hasta cómo vestirse (para muestra un ISIS).
Resulta que nuestro cerebro no distingue entre decisiones trascendentales y triviales y emplea la misma energía escogiendo pareja, que la ropa con la que vamos a salir a la cita. Mi marido insiste que se va a vestir igual el resto de sus días, pues ya está cansado. Si no me creen, basta con pararse frente a la góndola de cereales del supermercado y decidir cuál llevar.
Pero este cansancio es como el sopor que antecede a la muerte. Desde el momento en que dejamos de decidir, dejamos de vivir. Tomar una postura, escoger un color de pared, seguir nuestro propio camino, nos hacen dueños de lo que nos rodea, aunque con ese poder venga también la responsabilidad. Si nadie nos dice qué hacer, sólo nosotros somos responsables de lo que suceda.
Yo prefiero apropiarme de mi destino. Aunque a nadie le guste el color de pared que escoja para la sala, incluyéndome a mí.

Me Enfermé del Estómago

Y no sé por qué. Comimos en casa, yo cociné, todo estaba fresco. Pero me enfermé de la panza y salió todo estrepitosamente de regreso. Cuando me pasa algo así, lo cuál es muy raro porque no me enfermo seguido, no me da por contemplar mi mortalidad como es lo usual. No, a mí me da por renegar de ser adulto sin mamá que me consienta.

Las personas que han vivido fuera y se han enfermado, podrán entenderme bien. Uno mantiene una parte de niño que confía ciegamente en la mano que le revisa la temperatura, le pasa la pastilla y le conjura alguna pócima tipo atol de maicena (que sólo es tolerable en estado de moribundez). Qué rico no tener mayor responsabilidad de uno mismo. Dejarse cuidar.

Ser adulto y el proceso que se atraviesa para serlo, tiene como principal objeto tener responsabilidad de los actos. Uno obtiene todas las ventajas de la libertad, pero también debe tragarse todas las consecuencias de ejercerla. Y está bien. En general, uno deja un poco de ser humano en el momento que prefiere delegar en alguien o algo más su vida y las decisiones que debe tomar. Puede ser que se sienta cómodo no tener que ejercer la libertad, pero ese estado es aberrante y ha sido abolido en todo el mundo. Nadie debería ser esclavo.

Por eso me hago yo el brebaje asqueroso ese con maicena (guácala, pero qué bien me cayó). Soy adulta y, así como tomo mis decisiones, bien puedo cuidarme si me enfermo del estómago. Menos mal no es muy seguido.

Dejar de Ser Niño

La vida de mis hijos está regimentada: se levantan a la misma hora, desayunan siempre en el mismo lugar, almuerzan cuando regresan del colegio, saben qué hacemos de lunes a viernes por las tardes, la cama los espera siempre igual. Tienen la expectativa de ropa limpia, comida, casa, gatos y papás. También están sujetos a creer lo que les decimos, vivir según nuestro mejor entendimiento y renunciar a muchas discusiones.

Así es el asunto mientras se va uno formando sus propios criterios y ganando su propia experiencia (y dinero con qué mantenerla). La ilusión más buscada por el ser humano es la libertad, pero rara vez está dispuesto a pagar el precio que tiene: la responsabilidad. Si no tengo a nadie a quién echarle la culpa de mis actos, tengo que asumir que soy un mal capitán de mi barco porque fui yo mismo quien tomó las decisiones que me llevaron a donde estoy. Ser adulto y no querer cargar con la propia vida es pretender vivir en un limbo en el que, ni quiero que me digan qué hacer, pero quiero que alguien más pague lo que rompo.

Hay muchas, demasiadas, cosas sobre las que no tenemos injerencia. Ni siquiera tenemos poder de decisión sobre nuestra composición genética: así nos tocó la lotería. Pero tenemos toda la obligación de agarrar nuestros tiliches (reales, físicos, mentales y emocionales) y ver qué demonios hacemos con ellos. Todos tenemos historias de traumas personales suficientes como para darles de comer a generaciones enteras de psicólogos y/o psiquiatras. Pero no podemos usarlas de excusa para ser menos de lo que podemos. Un papá infiel no nos da permiso para quemar rancho. Una mamá manipuladora no nos da licencia para ser Maquiavelo. Tener una adolescencia difícil no quiere decir no querernos a nosotros mismos.

Ser niño sin responsabilidades es bonito mientras dura. En lo personal, prefiero encargarme de mis propias cosas, organizar mi vida y tener lo que puedo procurarme, a estar sujeta a lo que otra persona, entidad, o gobierno me quiera dar. Yo ya no soy niña, por mucho que a veces moleste como una.