Mañana voy a hablar con la maestra del grande. Me mandó a llamar y no tengo ni idea por qué. Y eso pesa en mi mente. ¿Será algo grave? ¿Qué hizo el niño? ¿Qué hice yo? ¿Qué dejé de hacer? Y así, mis pensamientos rodean el tema como el viento de un remolino alrededor de su centro.
En el universo, las cosas que tienen más masa son las que tienen más gravedad. Como que se pusieran esferas en una tela y cada una hiciera una depresión acorde al peso. Así, lo más denso es lo que más cosas atrae. Un «hoyo negro» no es más que una acumulación masiva de materia, en un punto tan condensado, que atrae hasta la luz y no la deja salir de allí.
Tal vez es por lo mismo que les asignamos categorías tipo boxeo a lo que ocupa nuestra mente: los pensamientos livianos, ligeros, que nos alegran el día y se van con la brisa de la tarde. Los pesados que nos apachan hasta la columna y nos hacen caminar encorvados. Y pareciera que, mientras peores, más nos halan, hasta que no nos dejan salir de allí.
En realidad, nosotros mismos le damos la calificación a lo que nos preocupa y así también nos corresponde salirnos del hoyo en el que nos metimos. Sí, me saca de mi estabilidad que el niño haya hecho algo que amerite que yo tenga que ir a hablar con la maestra. Pero ni sé qué es lo que me van a decir. Bien puedo dejar esa maleta pesada a un lado hoy y tal vez, mañana cuando la abra, me dé cuenta que está vacía y que no valía la pena tanto esfuerzo. Tal vez.
