Es difícil entender las motivaciones de otras personas. Sobre todo cuando esas otras personas son las que lo criaron a uno. No puedo decir sinceramente que yo conociera a mi papá. Tengo una cantidad de imágenes y sentimientos y recuerdos que no son del todo congruentes entre sí y no logro unirlos para armar a una persona completa. Solía ser violento, aunque no me dio más de una golpiza que tenía merecida. No conocía el concepto de «fidelidad conyugal», pero nunca dejó a mi mamá con la que tenían la más conflictiva de las relaciones. No tenía ni un amigo, pero todos los que lo conocieron lo recuerdan con cariño. No tengo memoria de que me haya dicho que me quería y todavía recuerdo las siestas juntos. Era un hombre duro, pero hasta ya muy entrada en la adolescencia, comíamos helado en el mismo plato, me dejaba tomar de su vaso de agua y por él tomo cerveza (era lo único que tomaba y con media era suficiente para hacer siesta toda la tarde). Me dejaba jugar con su espuma de afeitar. Me compraba los zapatos más lindos. Jamás me dijo que me veía bien. Un trabajador ejemplar, ingeniero genial, hombre recto, intachable, tuvo varios puestos públicos, entre ellos estar encargado de la construcción del Teatro Nacional y traer a la realidad la fantasía de Efraín. Pero nunca logró tener algo permanente ni lucrativo, por un sentido exagerado de lo correcto y por su incapacidad de conformarse con ciertas reglas sociales. Machista hasta el extremo, no dudó en empujarme a tener una carrera y ser autosuficiente, enseñarme a tirar (hasta ser campeona nacional varios años seguidos), reconocer mi inteligencia y afinidad por las ciencias duras. Para su tristeza, estudié derecho y «desperdicié» mi cerebro por no estudiar la astrofísica que él quería.
Nada de todo eso me enseñan a un hombre completo. Jamás le pregunté cómo había sido su infancia, las historias de sus aventuras adolescentes me llegaron tarde y distorcionadas en leyendas. Sus otras hijas tienen una visión tan negativa de él, que he preferido no conocerla, porque no corresponden con lo que viví.
¿En dónde encontramos a la persona real? ¿Conocemos verdaderamente a la gente que tenemos al lado? Casi imposible hacerlo si no preguntamos.
Yo no quiero quedar como una incógnita para mis hijos. De muchas maneras, yo moldeo su personalidad y dejo ecos de mí misma en sus vidas. Me gustaría que me reconocieran en sí mismos y escogieran con qué partes mías quedarse.
Al fin y al cabo, ellos tienen que decidir qué hacer con la maleta de experiencias que les heredamos. Por lo menos les podemos hacer el favor de presentarnos como personas. Me daría mucha lástima dejarles un rompecabezas incompleto.
