La memoria corta

Me da pena, pero me pasa muy frecuentemente que no le sé el nombre a la persona con la que estoy hablando. Pero aún, ni siquiera recuerdo haberla conocido antes. (Inserte una imagen de mi marido trabando los ojos en el cráneo y diciéndome que me la presentó en tal o cual ocasión.) De verdad me molestan esos olvidos, porque no me gusta ser tan poco empática.

En alguna de las historias de Sherlock Holmes, Watson se horroriza cuando descubre que su roomate no sabe que la Tierra es redonda y que gira alrededor del sol, pero que puede identificar cualquier clase de tabaco, sólo con ver las cenizas. La explicación para esta ignoracia voluntaria que da Holmes es que su cerebro es como un archivo con espacio limitado y que sólo le gusta guardar lo que verdaderamente le sirve.

La ciencia nos indica que, por el contrario, el cerebro es plástico y podemos meterle cuanta información queramos. El punto es saberla encontrar. Por eso técnicas tan maravillosas como las del «palacio de la memoria», con el que, literalmente, se construyen edificios mentales para guardar recuerdos y accesarlos fácilmente.

Yo creo que estoy entre entender perfectamente al famoso detective y querer creer lo del espacio mental ilimitado. Cuando aprendo una kata nueva, automáticamente se sale una que ya aprendí por la puerta de atrás. Pero, la rocola que ando cargando sólo necesita un par de estrofas y ya estoy cantando casi cualquier canción. Ahora, con los nombres, ni archivo finito, ni constructo mental. Ésos pareciera que se van directamente al hoyo negro de la desmemoria.

El espacio vacío

Cuando vi por primera vez la ya famosa presentación de la diferencia entre el cerebro del hombre y de la mujer y el famoso «nothing box», me reí muchísimo y allí lo dejé. Ahora, con varios años de estar casada con un hombre y de ser mamá de otro, creo entenderlo.

Dejando de un lado eso de que los cerebros de los hombres y las mujeres tienen una estructura diferente, lo interesante del asunto es el concepto de un espacio para la nada. De nada. Vacío. No tengo memoria de un período de mi vida en el que no me haya sentido ocupada. Que si el colegio, los novios, amigos, la universidad, el trabajo, los hijos, el karate, el blog… Hasta cierto punto me siento obligada a estar haciendo algo todo el tiempo. Es como estar sobre un tronco en un río turbulento y tener que correr para no caerse.

Un pedazo de mi existencia que me sirva para no servir de nada, es aterradoramente seductor. ¿Y si alguien me necesita? ¿Y si pasa algo? ¿Y si no pasa nada?

Necesito un nothing box que me de paz. Lo triste es que si la consigo, probablemente me ponga a lijarla y pintarla y barnizarla.