Demasiado qué ver

Pasé el fin de semana viendo partidos de football. Y queriendo ver películas. Y series. Y es que hay mucho, demasiado qué ver en todas partes. Pero pocas ocasiones de hacer comunidad con nuestros gustos. Antes todos mirábamos las mismas series, al mismo tiempo. Ahora, vemos lo que queremos. Y no sé si eso es tan bueno como hemos querido creerlo.

Los humanos estamos hechos para vivir en comunidad, hacer cosas juntos, tener vivencias compartidas. Cada vez nos queda menos de eso. Yo misma soy responsable de estar mucho tiempo sola. Y de que me guste.

Creo que los partidos en vivo de los deportes que nos gustan es la única experiencia comunitaria pura que nos queda. Menos mal me gustan tantos deportes.

El año de ser diferentes

Me encanta hacer reparaciones en mi casa. Es demasiado satisfactorio poder arreglar uno sus cosas. Pero tengo tiempo de no hacerlo. Y este año decidí que ya es hora de retomarlo.

Tomar el impulso de comenzar es complicado porque uno comienza de cero y hay que ponerle más esfuerzo a mover un cuerpo detenido que uno en movimiento. Eso aplica para todo. Hasta por lo espiritual. Estancarse es fácil. Salir del hoyo cuesta. Pero también se puede.

Ya tengo mis herramientas en el carrito de compras. Ya tengo el esquema para tener bien la casa en un tiempo razonable. Y ya sé qué puedo hacer yo misma y qué no. Ahora sólo es cuestión de comenzar.

Dónde está uno parado

Las cosas existen en la realidad como un todo. Parece evidente y hasta inútil decirlo de tan real. Pero el punto es que no lo vemos todo junto todo el tiempo. Existe un constreñimiento efectivo de lo que podemos percibir a la vez y eso hace que siempre tengamos sesgos. Aplica para cosas, personas y situaciones.

En un proceso de crecimiento de una relación, esto es especialmente importante. Las personas involucradas miran la situación desde un punto de vista y los que están afuera de otro. Por eso ayuda a buscar a terceros que le den a uno una perspectiva diferente. Con el cuidado de no escoger a alguien con aún más miopía que uno mismo.

Yo trato de agarrar una amplitud más grande para mis relaciones más cercanas. No siempre es posible, porque, por mucho que yo cambie de posición, siempre sólo voy a poder ocupar un espacio específico a la vez. La condición humana es esencialmente angosta. Y eso me obliga a ser más abierta al punto de vista de los otros, porque ellos miran lo que yo no.

Mi tienda favorita

Cuando viajo, me encanta ir al súper. Es una atajo para conocer las costumbres locales. Y porque me encantan los súpers. Eso de ver tantas cosas ordenadas, con tantas opciones, me parece fascinante. Aunque en ciertos lugares la abundancia de cosas para escoger me abruma. Nunca sé si lo que voy a agarrar sea lo más rico. Parálisis por análisis que le dicen.

Tenemos un problema de aversión a equivocarnos, sobre todo ante opciones que parecen igual de buenas. No queremos perdernos de lo mejor que podamos obtener. Cuando, en realidad, entre dos buenas opciones, no hay respuestas equivocadas. Es peor quedarse paralizado.

Me quedo pensando como cinco minutos frente a la refri donde están los yogurts. Y siempre quiero el que no escogí.

Porque no

A veces las razones que tengo para no dar permisos en mi casa son demasiado complejas como para ponerme a explicarlas y recurro al viejo y conocido «porque no» que tanto detestaba de adolescente. Y es que hay cosas hasta intuitivas que uno no puede describir adecuadamente y que, aunque pudiera, alguien que no tiene la experiencia de vida de uno (o sea, que no está igual de viejo), no entendería igual. El mundo es bueno y malo y tiene muchos riesgos a los que está bueno exponer a los hijos, pero no de uno solo.

La crianza de los hijos ha cambiado muchísimo entre unas pocas generaciones con consecuencias no anticipadas. Cosas contradictorias como que ahora están más expuestos al mundo de adultos y tienen a su alcance tecnología que antes estaba reservada para otros; y por el otro lado, un alargamiento de la adolescencia y falta de toma de responsabilidades hasta edades avanzadas. Es una mezcla entre crecer muy rápido y no crecer nunca. Y allí va uno, navegando ese mar de incertidumbre y de cambios y de alcanzarlos para lo tecnológico mientras los retiene para lo real.

Me cuesta. En serio que no siempre tengo la gana de explicarles y convencerlos. O el tiempo, porque quieren una respuesta ya. Así que, de vez en cuando, sale el «porque no» y que se enojen. Ya entenderán ellos cuando les toque.

Lugares de antes

Fui a comprar telas a un lugar de la zona 1. Me transportó inmediatamente al pasado y llegar allí con mi papá. La tienda, los mostradores, el olor a telas, todo, sigue exactamente igual. Casi busqué al gerente que atendía a mi papá. Es increíble como tuve otra vez 10 años. Cómo hay lugares que tienen una realidad doble (la del pasado y la del presente), superimpuestas y cómo uno puede convivir con ambas.

Hay físicos que teorizan que el tiempo es un bloque en el que todo está sucediendo al mismo tiempo. Así explican cómo cambiar algo del pasado no tiene consecuencias en el futuro porque todo ya sucedió o está sucediendo o como sea que lo expliquen. Para uno de individuo, el tiempo una torre de recuerdos sobre la que uno va poniendo los más recientes. Buscar algo del pasado implica revisar ese edificio y eso implica modificarlo. Uno nunca recuerda sin cambiar el pasado. Ésa es la base de una buena terapia, porque redimensionar un trauma o entender algo trágico en el ahora, ayuda a que la historia personal cambie y uno pueda trascender.

Es bonito tener lugares que son portales del tiempo. Que nos transporten a momentos propios específicos y nos llenen de una nostalgia rica. No voy seguido a esa tienda, pero tengo que ir con cierta regularidad y el viaje me sorprende cada vez.

Dejarlo todo

Vivo en la misma casa desde que nací y de eso ya van a ser bastantes años. Salvo un par de veces fuera, éste ha sido mi lugar. Y me ha costado pensar en dejarlo. Pero… A veces me pregunto si estar aferrada a lugares y cosas nos ata y no nos deja trascender. Al menos eso dicen en las clases de budismo y meditación y espiritualidad y etc.

Tendemos a asignarle un valor emocional a cosas materiales. Es normal. Tenemos amuletos y supersticiones y tradiciones y el florero especial de la abuela… Papelitos escritos en momentos importantes. Cosas que no cuestan algo intrínsecamente, pero que valen mucho. Y, en principio, hasta de eso nos deberíamos poder despojar.

Me gustaría decir que voy por el camino del desprendimiento, pero conservo los utensilios de cocina de mi mamá que son más viejos que yo como tesoros. No creo que alguna vez mi alma acaparadora pueda lograrlo.

Zapatos nuevos

Cuando estaba en el colegio, los Rebook y los Keds eran LOS zapatos. Por supuesto no tuve muchos, ni al principio de la moda. Así que los pares que me regalaron los cuidé con el esmero de gente que sabe lo difícil que es tener cosas. No es malo el apreciar lo que uno tiene. Es malo tener miedo de no tenerlo. La posesión sin libertad es una forma de esclavitud… para el dueño.

Hay cosas que uno no puede perder en esta vida y recuperar después. El tiempo, principalmente. Aún así, lo gastamos sin pensarlo, porque no hay forma de detenerse, de decirle a las horas que no pasen porque uno quiere pensar muy, muy bien qué hacer con ellas. La vida se va y se lo lleva a uno, aunque uno no quiera. Todo lo demás, todo, todo, todo, está para usarse y gastarse y arruinarse si eso toca. Y volverlo a hacer.

Me acabo de comprar zapatos nuevos. Rosados. Y no me los quiero poner porque se arruinan. Así que tengo como propósito usarlos por lo menos una vez a la semana. Hasta que se arruinen.