Gente nueva

Así como tengo un perfil de sabor para el vino, lo tengo para la gente. Tiendo a buscar personas que se parecen entre sí en lo esencial: son nerdos en su campo. No importa el campo. Importa la intensidad.

Cuando uno va al colegio está obligado a relacionarse con quien toque de compañero de clase. No hay manera de escogerlos y uno hace lo que puede,’con mayor o menor grado de éxito. Pero conforme uno crece y aprende a dejar ir las relaciones que no nos gustan y a buscar las que sí, se termina rodeado de una tribu. Qué tan interesante sea depende de la imagen del espejo.

Hago muy pocas adiciones permanentes a mi tribu. Sí hay varias plazas temporales, porque soy curiosa y exploro. Eso sí, salgo huyendo a la primera señal de tibieza. Hay que ser frío o caliente en esta vida.

Lo que sale

Tengo que hablar con muchas personas durante el día y, por el trabajo, tengo que ser especialmente seria. Pero a veces se me sale la ligereza en el trato y me siento tonta. O, peor aún, vulnerable.

Todos tenemos una composición emocional que funciona como nuestro adn. No la podemos cambiar, pero sí trabajar con ella. Es una realidad que hay poco control sobre nuestros sentimientos y todo sobre nuestras reacciones. Quedarnos en el “yo soy así”, nos condena al narcisismo, mediocridad y soledad. Siempre hay que tratar de tener mejores actitudes que las que nos salen naturalmente.

En general, logro mantener la seriedad. Hasta que se me sale una animalada. Sólo me queda pedir que no sea con la persona equivocada.

Preparar

Hoy me adelanté preparando cosas para el jueves. Fueron tres horas que me parecieron rápidas. Si lo hubiera dejado para el jueves, me hubiera sentido agotada.

Hay una magia especial en sacar las cosas con adelanto. Quita espacio de preocupación y libera la capacidad de enfocarse en cosas más inmediatas.

Y es alegre, sobre todo porque lo hice con Fátima. Más tiempo con ella. Todo de esto me gusta.

Tres vidas

Uno vive tres vidas al mismo tiempo: la que observa en el futuro, la que tiene en el momento y la que recuerda. No hay mejor forma de verlo que cuando uno tiene hijos y se da cuenta que el camino que uno ha recorrido le sirve para alumbrárselos a ellos, aunque no siempre quieran ayuda.

Tenemos la capacidad de tomar decisiones basándonos en cosas que nosotros no vivimos. No siempre la aprovechamos y tampoco siempre es lo mejor, si no, no hubiera innovación jamás. Y, mientras más viejos nos volvemos, menos queremos aventurarnos, porque creemos que no nos quedan cosas nuevas por experimentar. Es totalmente falso porque no hay un solo minuto igual al otro, sólo situaciones que se parecen entre sí, pero que siempre se pueden cambiar.

Me gusta que mis hijos estén viviendo sus vidas, y que yo los pueda observar. Cada año que pasa mi papel es menos relevante y está perfecto.

Suponer lo mejor

Hay que estar preparado para las cosas malas. Por eso uno ahorra y tiene medicinas en casa y compra seguros. Lo malo sucede, hasta el que no imaginamos. Lo triste es que también tenemos que estar preparados para conocer el peor lado de las personas que queremos. Eventualmente sale. El nuestro también.

Se puede conocer a alguien con dos actitudes: ya sé todo lo que necesito y nada me va a hacer cambiar de opinión; o, no lo conozco, a ver qué onda.

Para bien y para mal, tener una idea preconcebida nos encasilla en un estado y salir de allí es complicado. Por el otro lado, no importa qué tan abierta tenga uno la mente, llega el momento de tomar una decisión. Esperemos que no sea en un mal día.

Conversaciones

He tratado de siempre hablar de todo con mis hijos. Lo que ha hecho que ellos hablen de todo conmigo. Desde esas conversaciones balbuceantes acerca del prekinder, hasta la verborrea de niña semi adolescente. O sus preguntas serias. O lo que hacen cuando no estoy.

Me siento con el peso del mundo encima. Porque me toca decirles cómo comportarse sabiendo que no siempre lo van a hacer. Tengo que ser mamá seria,’con reglas y mamá suave, que sepan que me pueden contar todo. Me pesa y lo agradezco.

Espero saber cómo meter lo menos posible la pata. Es lo más que puedo pedir

Tradiciones

Desde hace casi veinte años, celebro Thanksgiving. Me encanta hacer el pavo y tener gente cerca a la que quiero. Me encanta que es una fiesta sin regalos y sin presión. Y me encanta sobre todo que es una constante en mi vida.

Tenemos tradiciones que continuamos desde nuestras casas, de nuestras familias extendidas, de nuestra sociedad. Se ponen fechas especiales que se celebran y comidas que sólo se hacen una vez al año. Y las tradiciones evolucionan porque no se pueden replicar exactamente.

Cada año hago pavo. Lo hago un poco distinto porque no me puede salir igual jamás. Y tengo a la misma gente a mi alrededor, pero todos vamos cambiando año con año. Me gusta pensar que mi gente continúe esa tradición.

Lo que realmente me importa

Mis hijos tienen amigos maravillosos. Cada casa tiene una manera diferente de criarlos, cosa que me ha ayudado a entender que muchas cosas pueden ser distintas, pero dar excelentes resultados. También me ha tocado callarme con otras personas, porque definitivamente no hacen lo que yo haría.

Tener familia extendida e involucrada implica tener a mucha gente opinando. Es bueno por la parte de la ayuda, un poco agobiante por la intromisión. Yo tengo una familia pequeña y no involucro ni a la que tengo. Todo lo hago sola. Bueno y malo.

Ver a otras personas y saber que sólo puedo intervenir (y cada vez menos) en lo que me atañe muy personalmente, dentro del núcleo cerrado de mi familia, ayuda a entender que en el mundo la gente hace lo que quiere y que uno sólo tiene derecho de opinar en la vida de uno mismo. Porque, al final del día, sólo me importa lo de los míos. El resto observo y ayudo si se necesita.