Me gusta la sal

Ahora mismo, me como un melocotón con sal. Prefiero las piñas menos dulces y lo mismo con las manzanas. Al menos ya no le agrego sal a la comida antes de probarla, como hacía mi papá. Tenía un salero especial que no he vuelto a ver y sacaba una verdadera lluvia con la que cubría todo. Era “el” salero. Recuerdo que ya viejo mi papá, se rompió y fue como asistir al funeral de una tía querida. Nunca encontramos otro igual y los demás no le gustaban.

Yo meto los dedos en el trasto de plástico de la cocina en donde está en granos gruesos que puedo calcular al tacto. Así los siento crujir cuando mastico y me da más satisfacción que la capa fina que llenaba el plato de mi padre.

Cada uno toma las costumbres de sus casas y las vuelve propias en ese juego constante de conservar y renovar. Las tradiciones que son rituales que quitamos y retomamos, porque somos de donde venimos, pero también de la dirección que escogemos.

Me gusta la sal, pero no los saleros.

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