365 días después

Mañana 26 de marzo se cumple un año del día en que Fátima casi se muere. Aún me cuesta hablar de eso y nuestra vida definitivamente cambió. Un coma diabético es una bomba que esparce los pedazos de cualquier existencia y de la que cuesta regresar a una rutina.

Salimos de ese hospital armados de una máquina, sensores que se arruinaban a la primera puesta, información que ha mantenido aprisionados nuestros corazones, insulina y, gracias a Dios, una niña viva. Durante esa semana transcurrida en el encierro, logré acercarme a la pequeña, cosa que se destrozó en los siguiente meses. Le tomó a ella casi el año entero para recuperar un sentido de control. La casa entera se convirtió en un campo de batalla, pues pocas cosas amplifican los disgustos como el miedo y, sí, hemos sentido miedo.

Yo temo todos los días por la vida de mi hija, por su bienestar de salud a futuro, por lo que pueda suceder con las fiestas, los tragos, los estudios, los viajes… Y sigo. Porque tengo otro hijo, porque esta niña tiene que vivir sin mí, porque no puedo detenerme ni un momento.

Ya pasó un año y es hasta ahora que puedo decir que ya los protocolos de emergencia son la nueva normalidad. Dentro de todo, las cosas siguen y la niña está con nosotros, que seguimos juntos. Y por eso, estoy infinitamente agradecida.

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